DE AMORES CRECIDOS Y OTOÑOS


Ella vive en una casa ruinosa, en un edificio resquebrajado del que es la única habitante. Allí ahora proliferan los gatos y rebosa la soledad; aunque, en otros tiempos, se ubicaba una de las más importantes casas de lenocinio, que visitaban hombres de todas las calañas y fortunas, a quienes ella recibía con impostado entusiasmo, para mantener la ilusión fugaz de unos minutos de pasión a precio estipulado. Aún, a veces, recibe, ya impávida, a quien quiera emular con ella el trajín de un apareamiento, siempre mudo, siempre triste, mientras fantasea que su piel todavía mantiene algún poder de seducción, vestigios de aquella pátina de belleza y sensualidad que durante tanto tiempo provocó pasiones y adulterios. 

ES MI HERMANO

Nos quedamos en la puerta, asomados al vacío, a la ausencia, al atardecer. Luego, la mirada de Juan, espantada por el asombro de aquella orfandad intuida, se cuajó de lágrimas y noche. Felisa siguió con los ojos clavados en el suelo, con sollozos acallados, de frecuencia constante, marcando el tiempo de la espera, de la tristeza, de la angustia creciente, como la noche que acechaba. Y yo seguí con Valentín en los brazos, todo el tiempo, para preservarlo de la desolación que, como una niebla fría y densa, ya invadía la casa.
Nadie se acercó a nosotros, las casas de los vecinos permanecían cerradas, y ellos dentro, asustados. En la calle reverberaba el miedo. Y el silencio. Decían que el ruido de la guerra había cesado, y aquella sería la mudez de la paz, pensaba yo. Aunque quienes se llevaron a padre y a madre aún mantenían un timbre de voz sombría, de luto reciente, y en los ojos refulgía un odio viejo, ya fosilizado en sus miradas airadas.
Con el relente de la noche sobre los tejados de las casas mudas, conseguí pasarlos al interior, para entibiar el hambre con unos mendrugos de pan mojados en un tazón de leche arrimado a la lumbre. «Mañana vendrán», les mentí. Valentín entonces me miró, como entendiéndolo. Aún lo tenía en los brazos. Y así continué al día siguiente, y al siguiente, y durante cinco años más. Él se había acostumbrado a mitigar la orfandad y el miedo en mis brazos. Por eso siempre lo llevaba encima, cuando recorría el pueblo para pedir comida a quienes tenían sobras y ganas de compartirlas. Y, si lo dejaba sentado a mi lado, mientras encendía la lumbre y ponía el puchero, o cuando restregaba la ropa en un barreño, o arrastraba la escoba, o la plancha sobre los harapos con que nos vestíamos, que yo me empeñaba en coser y estirar, él enseguida gemía y me llamaba, y alzaba los brazos, para que lo cogiera, y mi calor y mis palabras aliviaran su discapacidad y su tristeza. Porque Valentín nunca pudo andar. Al principio, el médico decía que era retraso, debilidad, raquitismo, quizás; luego, después de aquellas fiebres terribles en que fermentó la miseria, la polio le dejó las piernas carcomidas.
Padre ya nunca volvió, y madre lo hizo cinco años después. Nosotros, como el primer día que faltaron, también estábamos en la puerta, los cuatro, esperándola. Apenas nos habló, ni siquiera lloró. Tenía la mirada arrasada, devastada por el sufrimiento y la ausencia. Sólo me dijo, cuando me vio con Valentín en los brazos: «Tantos años con ese peso, hija».
Luego, muchos años después, sentiría la sal de las lágrimas y la emoción que me provocó aquella canción que oí en la radio, titulada, según dijeron, con la respuesta que yo entonces le di a mi madre: «Él no es un peso, es mi hermano»:
  Francisco de Paz Tante
(La foto es del Dr. Cerdá y Rico, que me descubrió el escritor José Quesada García.  Él incorpora a su libro “El secreto de las cerezas” la obra de este magnífico retratista.)   

TODAS LAS LUCES DEL ATARDECER

Cuando a mi padre, antiguo funcionario del Protectorado marroquí, lo trasladaron a España, tuvimos que dejar Larache, donde había vivido durante aquellos primeros años de mi vida. Por eso, anegada de lágrimas, una tarde me despedí de Ridwan, con quien había compartido durante aquel tiempo paseos, emociones y descubrimientos junto al Atlántico; hasta que, al final, también acabamos compartiendo los besos, la misma tarde en que un retratista callejero nos hizo una fotografía, en el paseo marítimo, antes de alejarnos por la playa hacia donde crecían las dunas, la soledad y la intimidad. Fueron unos besos miedosos, al principio, estremecidos, mientras aprendíamos a indagar en los misterios de la piel y sus gozos. Besos salobres, con los labios impregnados por las brisas del océano, adentrándonos en el gusto crecido de las caricias, con la codicia de unas manos adolescentes, temblorosas y enfebrecidas.

LOS RUMORES DEL AGUA


Ahora que ya no podremos sentir juntos las fragancias de los fresnos ni escuchar, cogidos de la mano, los rumores del agua, quiero aferrarme a los recuerdos de aquel paisaje que durante dos primaveras fue el escenario de una apasionada historia que aún palpita en esas láminas de la memoria donde guardamos los sueños rotos.
Fue muy rápido, una de esas enfermedades fulminantes, me dijeron cuando pregunté por él, después de aquella carta de despedida en la que me hablaba de su enfermedad, de su trabajo de escritor y de su último cuento, sobre los rumores del agua, para que lo recordara cuando volviera a los paisajes en que gozamos de nuestra efímera historia de amor.

¿TE ACUERDAS, LAURA?

     
A pesar de esa tristeza que ya siempre viertes por los ojos, al llegar a la estación se te ha escapado una sonrisa, porque ya sabías que salíamos de viaje, en este autobús tan lujoso, tan distinto de aquel otro en que nos vinimos a Madrid los tres. ¡Qué jóvenes éramos entonces! ¡Y Miguel qué pequeñito! ¿Te acuerdas, Laura?
Cuando dejamos el pueblo, tú me decías que en Madrid sólo íbamos a estar unos años; hasta que Miguel saliera adelante, pues en realidad lo hacíamos por él, por su futuro. Y después, cuando tuviera su familia, y su trabajo, nosotros cogeríamos de nuevo un autobús de regreso a casa. Pero han pasado más de cuarenta años desde entonces y hasta ahora no lo hemos hecho, a pesar de que hace más de veinte que Miguel dejó de tener futuro. De eso sí te acuerdas, ¿verdad, Laura? 

LOS BRILLOS DE UNA RISA MUDA



Corría aquella tarde una brisa tibia que traía adheridas fragancias de la montaña y transparencias de cristal. Al norte, la sierra de Guadarrama brillaba nítida, y bajo los árboles caía una lluvia amarilla que cubría las aceras de aquella urbanización con el oro viejo del otoño.
Y según pisaba las hojas muertas, me acordaba de África, y de Oumar, que vivió en la calle hasta que lo internamos en nuestro centro, creado para aliviar el sufrimiento de los huérfanos, abandonados a la intemperie, víctimas de la guerra y la hambruna, incesantes. Oumar tenía los ojos grandes, muy negros y grandes, con los que reía, sin el ruido de la risa. A veces yo le contaba historias graciosas, inverosímiles, de monos chillones y gacelas locas, y él entonces agrandaba la mirada con los brillos de una risa muda.

PROBARÁS EL VINO EN MIS LABIOS


Aquella tarde, cobijados en la cueva donde fermentaban el silencio y las uvas, probé, al fin, el aliento embriagador de su vino y sus besos.

Aprovechamos las primeras oscuridades para encontrarnos en la penumbra subterránea de las antorchas, en aquel refugio donde guardaban las uvas que fermentaban a escondidas. Fuera el cielo ya estaba crecido y la luna lo desteñía con jirones de plata. 

LA ONDINA DEL RÍO MUNDO


Hubert había llegado a Riópar desde la ciudad alemana de Hannover, para trabajar como ingeniero en la fábrica de latón que en aquellos años del siglo XIX era la más importante de España. En sus cartas, explicaba cómo era la ribera del río Mundo, repleta de fresnos, sauces y olmos, por donde a él le gustaba pasear los domingos, mientras evocaba las historias de las ondinas y otras hadas del agua que tantas veces había escuchado a su madre. 

«En el río Mundo también vive, sumergida, una ondina. Es muy guapa, aunque su mirada mojada siempre expresa tristeza y extrañamiento. A veces la presiento, percibo las vibraciones de su existencia, en el vaho que exhala el río, o en la brisa de la ribera», escribió en la última carta que envió a la familia. 
Contaban que Hubert era un hombre introvertido, soñador, a quien le costaba hablar en castellano y relacionarse con la gente. De modo que, al enamorarse de una mujer a la que invitó a bailar en las fiestas patronales del pueblo, su vida se redujo al trabajo y a gozar de la pasión arrebatada de aquel amor, siempre creciente, que sentía por su novia, a quien regalaba corazones dorados de los que él hacía en la fábrica. 
Todos los domingos paseaba con ella por la ribera del río Mundo. Y allí le contaba historias en alemán, con las que ella, aunque no entendía esa lengua, se emocionaba, sobre todo cuando le hablaba de las ondinas que habitaban en las aguas claras de los ríos. 
Disfrutaron durante varios meses de una felicidad que en sus sueños la imaginaban eterna. Pero la desgracia enseguida les rompió el futuro. La tragedia se produjo después de varios días de lluvias incesantes. Aquel domingo, como era su costumbre, habían bajado a la ribera del río Mundo, a pasear entre los árboles ya teñidos de otoño, y, al arrimarse al cauce, cogidos de la mano, la tierra embarrada provocó que resbalaran y cayeran al agua. Ella no sabía nadar, y, aunque lo intentó hasta la extenuación, él no consiguió que su abrazo la salvara de la corriente del río, que la arrastró y la sumergió. 
Las aguas se mantuvieron crecidas durante varios días, quizás por ello nunca la encontraron. Y Hubert entonces se dejó caer en un pozo oscuro y denso de tristeza y depresión. Aunque continuó trabajando en la fábrica, la desolación creciente le fue carcomiendo las ganas de vivir. 
Fue al final del otoño siguiente cuando lo vieron junto al río. Recortaba con sus manos las hojas amarillas de los fresnos, antes de echarlas al agua. Aquellas hojas tenían la misma forma y color que los corazones dorados que él hacía en la fábrica de latón. Quien lo vio aquella mañana, se acercó para preguntarle; pero él sólo dijo: «Son para la ondina». 
Algunos días después lo vieron de nuevo paseando por la ribera. Las aguas aquel día también corrían crecidas. Luego, aunque lo buscaron durante mucho tiempo, nunca más volvieron a verlo. Y el director de la fábrica envió una carta al ayuntamiento de Hannover, para que comunicaran a la familia su desaparición, y le entregaran una hoja escrita que habían encontrado en su casa, en la que mostraba su intención de sumergirse en el río, para buscar el abrazo de aquella ondina a la que regalaba corazones teñidos de otoño. 
Francisco de Paz Tante
(Extraído del relato "La ondina del Río Mundo", ganador del certamen literario de Riópar en 2013) 

MIENTRAS ATARDECÍA EN MADRID



Otra vez la tarde del domingo, con sus indolencias y nostalgias viejas, hoy crecidas al ver en un periódico la fotografía de una puesta de sol en el Templo de Debod, que me ha evocado un lejano día de mi juventud en Madrid. 

Aquel domingo ya atardecía cuando llegamos al templo egipcio. Habíamos bajado desde Callao, cogidos de la mano, como siempre en aquel tiempo, cuando el deseo reverberaba en la piel y las caricias brotaban incesantes. En algunas carteleras de los cines de la Gran Vía y en la Plaza de España, nos habíamos parado para aliviar la sed de besos que nos acuciaba, luego saciada en un banco junto a las piedras del templo, mientras en las aguas del estanque ya espejeaba el cielo rojo del atardecer. 
Aún me acuerdo de aquellos besos y de aquellos cielos, en una ciudad que, en mi memoria de entonces, mantiene el regusto de una canción de Sabina que hablaba de Madrid y un aroma a libertad recién estrenada, del que algunas noches sentíamos sus brisas en Malasaña, en la Plaza del 2 de Mayo y en “La Vía Láctea”, donde escuchamos por primera vez “Déjame” de Los Secretos, mientras nos hacíamos promesas de amor que, en la ingenuidad de aquellos albores de la juventud, siempre era eterno. 
Aunque fui a estudiar Geografía a la universidad, durante aquel tiempo, más que en la tierra, me fijaba en el cielo, que lo percibía mucho más alto y luminoso que el de la capital de mi provincia. Además, el horizonte, entonces extenso, rebosaba sueños y futuro.
Y ahora, después de casi cuarenta años, cuando aquel futuro y sus sueños ya están gastados, vividos o caducados, al ver hoy esta fotografía del templo de Debod, me acuerdo de aquel domingo en que nos sentamos junto a su estanque, para medirle con mis labios la sonrisa melancólica que ella entonces mostraba en los suyos, como si ya intuyera el final de aquella efímera historia de amor, mientras atardecía en el cielo de Madrid. 
Francisco de Paz Tante 

ROPA TENDIDA



El escarmiento, una vez más, sería contundente y despiadado. Las órdenes estaban dadas, y el avión ya volaba hacia el edificio donde se habían pertrechado los autores del ataque. La ciudad era un laberinto repleto de callejones, estrechuras y peligros. Por eso, una vez localizados los activistas, los misiles desde el cielo serían más seguros, precisos y letales.  
Y el general, desde el centro de mando, al observar en la pantalla la imagen ampliada del objetivo, enseguida se fijó en la ropa tendida que brillaba al sol de la azotea. Eran prendas de niños, aún mojadas, se percató entonces, estremecido, segundos antes de que la imagen se rompiera en un estallido de fuego. Después ya sólo vio llamas, humo y escombros. Cuando le informó al ministro, aún sentía el empuje de las lágrimas, mientras le decía que esta vez los daños colaterales habían sido pequeños.
Francisco de Paz Tante

TIEMPO DE ALMENDRAS



Ahora rememoro aquel tiempo en que los almendros eran árboles emblemáticos, con sus flores aladas, sus maduraciones y trabajos, que acababan en los corrales, repletos de almendras secándose al sol, antes de que las mujeres y los muchachos las partiéramos con un hierro sobre una piedra, a la sombra de aquellas tardes infinitas del verano.

Las vareábamos en agosto, y luego las extendíamos en el corral, para que se secaran, se abrieran y mostraran el oro viejo de sus cáscaras al sol. Después las partíamos a golpes de hierro y piedra. 
Y el color y el olor de las cáscaras también estaba en la escuela. Allí, cuando soplaban los primeros fríos del invierno, alimentábamos la estufa con aquel combustible, almacenado en una habitación próxima al aula. 
Cuando se acababan las cáscaras y hacía frío, el maestro pedía un voluntario para que echara un cubo a la estufa. Era entonces cuando se levantaba Germán, salía de la clase y enseguida volvía con el cubo rebosante. 
Como en aquellos años aún no había llegado al pueblo el agua corriente ni el saneamiento, en los recreos hacíamos las necesidades arrimados a unas cambroneras crecidas en un campo próximo. Pero a veces, algunos, si les urgía, evacuaban, a escondidas, en cualquier sitio. Y un día, al final de un invierno muy frío, Germán regresó al aula con el cubo vacío. «Se han orinado en las cáscaras», le dijo al maestro. «Por eso, las pocas que quedan están mojadas. Si quiere, las echo a la estufa, pero ya sabe que así humean y atufan». 
En la fila de atrás, la de los réprobos, según la denominaba el maestro, con su pedagogía elemental, hubo conatos de risas, enseguida acalladas cuando el maestro cogió la vara y empezó a recorrer las costillas de aquellos alumnos de forma despiadada y sañuda; hasta que consideró que, con los varazos, la culpa de aquel acto atroz e intolerable quedaba expiada. 
«Las cáscaras son sagradas», nos gritó, aún encolerizado, con la vara enhiesta. Y quizás por eso, desde entonces, la contemplación de los almendros en flor, para mí, es un ritual más propio de emociones litúrgicas, del estremecimiento que pudiera provocar un prodigio bíblico, que la mera observación de la belleza que a veces brota de la naturaleza. 
Y ahora, cuando recorro los caminos, inalterados en la memoria desde aquella niñez a la intemperie, con esta luz crecida de agosto, mientras veo los almendros, ya rebosantes de frutos maduros, me acuerdo de aquellos años en que sus cáscaras nos calentaban durante los inviernos, y, antes, nos mostraban sus relumbres de oro viejo, tendidas al sol de mi infancia. 
Francisco de Paz Tante

EL RÍO

(Relato publicado por "El País", con el que obtuve uno de los premios convocados por este periódico, en "El Viajero")


La ribera rebosaba umbría y misterio. Con una cuerda, yo arrastraba la barca.

Surcábamos el Congo, y les advertía de los peligros que nos acechaban. Y ellos, que sólo tenían cinco y ocho años, me miraban con asombro.
Yo, que había leído a Conrad, buscaba a Kurtz entre los árboles.
Luego, con la barca ya en el maletero del coche, mientras nos alejábamos del Alberche, en sus ojos todavía palpitaban las emociones vividas. Y yo aún sentía el estremecimiento de aquel viaje al corazón de las tinieblas.”
Francisco de Paz Tante 



CENIZAS EN EL VIENTO



Querido don Francisco de Goya y Lucientes: 
Le escribo estas letras para compartir con usted las emociones que me brotan al recorrer estos campos de Zugarramurdi, el estremecimiento que siento al recordar a las mujeres que ardieron en la hoguera. Las acusaron de brujería, aunque, en realidad, sólo eran adoradoras de un dios protector de su mundo rural, de un fauno benefactor y amoroso, al que se sentían unidas cuando bebían endrinas fermentadas y danzaban en sus reuniones a la luz del fuego. Ellas sólo creían en las fuerzas de la Naturaleza que provocan y alientan el surgimiento de la vida. Por eso adoraban al fauno, la fuerza viril y fecunda con la que se sentían unidas, para que brotaran las cosechas y se preñaran las hembras. Yo sé que usted pintó el fauno de su “aquelarre” por el recuerdo de aquellas mujeres, que, al final, ardieron en las hogueras de la Inquisición.

Y ahora, con mi imaginación de poeta, escucho en el viento el pensamiento de una de ellas, antes de morir, sus palabras de despedida, que, a través de las brisas del sur, quiso enviar, con sus cenizas, hasta estos prados, junto a su marido:
«A ti, que llevas tanto tiempo llorando mi ausencia, quiero dedicarte mis últimos pensamientos, antes de que arda y sólo sea cenizas en el viento. 
Como bien sabes, ya han pasado varios años desde que llegó a nuestro pueblo aquel comisionado por el Santo Oficio, y entonces empezaron las delaciones que acabaron con mi traslado a la oscuridad y al terror de la mazmorra.  
Y después de tanto tormento, ya tengo el alma en carne viva. El dolor ha sido tan intenso y el suplicio tan cruel que sólo ansío la liberación que me otorgará la muerte.
Han dicho que me van a quemar porque soy bruja, por tener tratos carnales con Satanás. Por eso dicen que tengo que arder, para expiar mis pecados.  Y yo no sé de qué me hablan. Ni sé quién es ese Satanás con el que me relacionan. Yo sólo conozco al fauno Akerbeltz, a quien siempre he pedido que crecieran los pastos en la primavera y se preñaran las ovejas, y a quien a veces sentía bailando conmigo en torno a la hoguera que hacíamos en la cueva los viernes por la noche, cuando bebíamos los jugos de las endrinas y las hierbas fermentadas, para sentirnos más cerca de él, de su calor.
Ya estoy atada al poste rodeado de leña que enseguida empezará a crepitar. Los monjes han comenzado a recitar sus cánticos en la lengua latina. Y ahora sé que los aullidos de dolor acallarán enseguida esas canciones fúnebres.
Espero que mis pensamientos, con mis cenizas, vuelen en el viento junto a ti, hasta nuestra casa, y, con las lluvias y las brisas fecundas de las estaciones, ayuden a que perdure el verdor de nuestros prados.»
Francisco de Paz Tante

EL ABRAZO




Sabía que en esta ocasión los tiros no le dolerían, porque serían muchos, a la vez; no como aquel día en que, tras el estallido del fusil, sintió el escozor de la herida, al principio, como la picadura de un bicho, y después llegó el dolor y el delirio de la fiebre en el escondite de la cueva, ardiendo sobre el jergón de paja. Ahora sabía que, tras el ruido de la pólvora, sólo llegaría la inconsciencia, y la negrura definitiva.
Cuando oyó al jefe del pelotón gritar las últimas órdenes, la luz del amanecer le encendió, de nuevo, el recuerdo de su mujer. No la veía desde que fueron a buscarlo y empezó la huida a la noche y a la montaña. Y ahora pensaba en ella, y su recuerdo le ardía en la memoria con una luz de llama. Sintió de pronto la necesidad de verla, de abrazarla. Miró entonces hacia la esquina de aquella pared blanca donde iban a fusilarlo, vio la olmeda detrás, y decidió escapar. 
Oyó un rumor de fusiles, y el escándalo de su corazón desbocado, mientras se tragaba a borbotones el aire y la angustia. Pero ahora ya estaba en la olmeda. Aquel era su escondite preferido de la infancia, y luego, ya en los años de la juventud, el sito donde sentía el calor de las caricias de ella, tumbados sobre hierba, bajo los árboles, durante aquellos atardeceres en que el horizonte aún era ancho y los sueños estaban sin estrenar. Evocaba ahora los relumbres de su mirada negra cuando estallaba la pasión, la brisa de su sonrisa abierta al deseo y los besos, y su pelo largo, donde él se refugiaba cuando ya rebosaba la ternura y el gusto cumplido del amor. Por eso después, en el frío y la desolación de la cueva, durante las noches insomnes e infinitas, rememoraba su abrazo y su desnudez, mientras ocultaba su onanismo bajo las mantas ajadas, con ella ardiéndole en la memoria. 

Al final de la escapada, la encontró, en su casa, envuelta en aquella misma luz blanca, de cal, que había percibido desde que inició la huida. Vio entonces cómo ella le abrió los brazos y le ensanchó la sonrisa abierta, para que se la midiera con sus labios temblorosos. 

El estallido de la pólvora lo devolvió a la realidad de la pared blanca, aunque aún sentía el calor de un abrazo imaginado, soñado en la eternidad de un instante, mientras ya arrastraba la espalda por la cal encendida con las luces frías del amanecer, donde acababan de fusilarlo. 

Francisco de Paz Tante 

EL BOLERO DE AQUEL VERANO




Cuando anochece y, al fin, se entibia el aire de este verano abrasador, a veces siento, de nuevo, un palpito de nostalgias viejas en los estratos de la memoria donde aún guardo las emociones de la adolescencia, después de tantos años, aún preservadas del óxido del tiempo y del olvido. Y rememoro entonces aquellos anocheceres de otros veranos en que las enredaderas del deseo nos crecían con fuera de selva virgen. 
En la evocación de aquellas noches aún persisten los aromas de las albercas, del agua acunando estrellas mientras nos bañábamos, ocultados y desnudos, en las huertas, que olían a hortalizas y a verduras, a sandías recién arrancadas, reventadas para comerlas a trozos a la luz de la luna. 

Eran aquellas noches de la adolescencia en que brotaban nuevas sensaciones a libertad, a plenitud, a presagios de vida nueva, imaginada, soñada, atisbada en horizontes aún extensos, en el futuro ancho que se percibe a los dieciséis años. 
Noches de verano en que oíamos los discos en las máquinas que instalaban entonces en los bares, en las terrazas, como en aquella de La Ría, debajo de las acacias, junto al cauce del arroyo, que al anochecer olía a tierra recién mojada, a agua turbia y a cigarros de tabaco negro. 
Y uno de los recuerdos más persistentes de aquellos albores del deseo es el de la noche en que alguien puso en la máquina de discos, donde sólo había boleros, Si tú me dices ven, interpretada por Los Panchos. Entonces ella, apenas conocida, recién incorporada al grupo de amigos porque aquel verano lo pasó en el pueblo, valiente y osada, se levantó de la mesa, y, sin hablarme siquiera, me cogió de la mano y me llevó debajo de una acacia, a la penumbra del final de la terraza, donde bailamos, bien agarrados, aquel bolero en que, por amor, se entrega la vida entera. 
Y después de más de treinta años, aún recuerdo la emoción de sentir en mi piel la tersura de sus pechos, y el roce de su pelo negro oliendo a champú y a humedad tibia. Así comenzó nuestro bolero de aquel verano. 
Luego, todas las noches, después de la cerveza en la terraza junto a los amigos y la música de máquina, nos íbamos a la alameda, ya solos, para profundizar en los besos que aprendimos a darnos bajo el rumor de las hojas. Y ahora, después de tantos años, evoco, de nuevo, aquella vez en que, tumbados bajo los árboles, sentí su cara sobre mi pecho, con emoción y temblor de amantes nuevos, mientras me susurraba el bolero que habíamos oído esa tarde en la máquina de discos, en la voz rota de Chavela Vargas: Piensa en mí. Y con sus manos me sujetó las mías, para que permaneciera quieto, sin que avanzaran las caricias, sólo escuchándola, y así se me quedara inoculada en la memoria y en la piel la letra de aquella canción.
Cuando ella volvió a Madrid, se nos acabó el bolero de aquel verano, del que ahora recuerdo su banda sonora en una máquina de discos, donde escuchamos aquella canción que me susurró una noche bajo las estrellas, como una premonición, cierta, de lo que sucedería después, durante más de treinta años: Piensa en mí. 
Francisco de Paz Tante 

EN LA NOCHE CRECIDA



Insomne, se levanta, se asoma a la ventana y percibe el aroma a noche crecida de un viernes de julio, en el que evoca fragancias húmedas de saliva y besos, de deseo derramado. 

Y ahora, en la memoria de otras noches de verano, recupera los rumores de las caricias nuevas, en rincones oscuros de un parque, donde sólo se oían susurros de manos trémulas y de labios aún torpes, peces ciegos en la piel abisal, estremecida. 

Palpitan, de pronto, cicatrices de heridas viejas, muescas de la juventud ida, algunos zarpazos en el alma durante aquellas noches al arrimo de las simas negras en las que tantos cayeron, en plena juventud: jinetes intrépidos de jacas blancas, ingenuos, desbocados, al final atrapados en la telaraña de los excesos y los síndromes mortales. 
Asomado a la noche crecida, percibe también el soplo frío de soledades insomnes, en las que se oyen rumores, incesantes, de la radio, las únicas voces ajenas, escuchadas en la nívea inmensidad de las sábanas, con esa mirada marchita que, al final, siempre dejan las ilusiones gastadas, los anhelos caducados, los sueños ya siempre pendientes. 
Ve luces grandes, intensas, y otras, palpitantes, más pequeñas, como los fueguitos de los que habla Eduardo Galeano, que alumbran las vidas todavía despiertas en la noche crecida, y espantan las sombras al acecho, y reverberan, como soles chiquitos, en las miradas que encienden las pasiones y los sueños aún vigentes. 
Luego vuelve a la cama, otra vez, junto a ella, y la abraza, estremecido. No necesita ahora sentir el calor de sus manos, ni el brillo de sus ojos abiertos en la penumbra, ni la brisa del aliento que aviva la urgencia del deseo. Ahora sólo pretende que la penetre su abrazo, mientras se duerme en ella, bajo la noche crecida que palpita fuera, detrás de la ventana, y en la memoria, incesante. 
Francisco de Paz Tante

BRISA DE SIRENA

Emerges del mar que alberga mi mirada, en su azul húmedo, abisal, insondable; en mis ojos ciegos, que te ven, bruñida por el sol y la arena, con una luz de atardecer, ya oxidada en el horizonte, donde confluyen el cielo y el agua.
Aunque son muchos los que se acercan a mí cuando recorro el paseo marítimo con mi bastón blanco y mis cupones de ciego, a ti te reconozco enseguida, por tu aroma a mar, a sal, a pelo húmedo. Sólo son unos segundos en los que percibo el soplo de la brisa de tu aliento, de tus palabras y de tu sonrisa abierta a la tarde tibia, mientras me das la moneda y siento el roce de tu piel, de tu mano, como la breve caricia de una ola que lame la playa.
Algún día te hablaré, para decirte que te asomes al mar de mis ojos ciegos, de donde surges cada tarde, cuando percibo tu aroma salobre, tu brisa de sirena recién emergida.

Francisco de Paz Tante

EL ARROYO




 Ella escucha el rumor del agua, el sonido de la ropa mojada, golpeada, sobre la restregadera, y el roce del jabón duro en la madera rugosa; y luego el chapoteo, el aclarado sobre el cauce rápido en ese tramo; con las manos agrietadas, endurecidas, devastadas por el escoplo de la intemperie, de las escarchas invernales en los olivares, y bajo las brasas del verano, espigando. Las manos mojadas, acorchadas, en el arroyo durante todo el año, con las que golpea la ropa, y el agua. 
Y, cuando oye los roces del cauce, se acuerda de él, de su risa y de sus carreras por la orilla, detrás del barco de juncos que ella misma le hacía, para que se entretuviera, mientras lavaba. 
Ahora, entre la ropa, ya no están sus pantalones, ni su camisita blanca. Sólo tenía una, que le planchaba los domingos, muy temprano, para que fuera con ella a misa. Porque, aunque ellos nunca iban, sabía que el maestro pasaba lista, y no quería que él fuera señalado. Por eso lo mandaba a la iglesia los domingos, bien arreglado, y limpio como los chorros del oro, decía. 
Se lo llevaron las fiebres, las de entonces, las de aquella posguerra. Dijeron que brotaron de una zona pantanosa de más arriba, donde el arroyo se estanca y el agua a veces se pudre. Pero ella sabía que en aquella infección estaban también la miseria y los piojos, el hambre y el miedo, anidando en las fiebres que mataron al hijo. 
Y ella ahora se acuerda de su camisita blanca de los domingos, mientras golpea el agua, con la ropa y los ojos de luto; ese luto que la viste y la invade, ya para siempre, mientras lava, a manotazos contra el arroyo, con rabia.


Francisco de Paz Tante
Foto: Dr. Cerdá y Rico. 

BOSQUES DE CORAL

Ridwam vivía junto al puerto de Assilah, en una casa que olía a océano, a gasóleo y a pobreza húmeda. Era el hijo de la criada de mi familia, durante aquel tiempo en que mi padre ejerció de funcionario en Marruecos. Por eso nos conocimos, y fuimos amigos, durante aquellos años en que nos brotaron las primeras emociones y estremecimientos de la adolescencia.
Nos gustaba caminar los domingos por el paseo marítimo, junto al puerto. Aunque algunas tardes, al final, también nos adentrábamos en la playa y en sus dunas, donde buscábamos refugio e intimidad para sentir el roce de las manos, y luego el de los labios temblorosos, con las emociones recién estrenadas de aquellos primeros besos estremecidos, con aromas a arena y sal. Fue allí, un atardecer, mientras aún sentía la brisa de su aliento en mi piel, cuando me regaló un colgante de los que hacía con el coral recogido en sus buceos hasta los bosques rojos que crecen en los fondos del océano. Tenía la forma de un corazón.
Durante los últimos días que estuvimos juntos, de lo que más me hablaba era de sus trabajos en el barco de pesca de su padre, sobre todo de sus inmersiones al fondo del océano para extraer el coral que después vendían en las joyerías de la ciudad.
Me contó que aquel era un trabajo habitual en los barcos de pesca, donde los más jóvenes buceaban hasta las cuevas y fondos donde crecían aquellas ramas tan apreciadas, los caladeros del oro rojo. Y me describió con detalle cómo eran aquellas geografías marinas, aquel mundo mágico bajo el agua en el que crecían los bosques rojos. Y yo lo imaginaba amarrado a una botella de oxígeno, cayendo de espaldas al agua; y luego descendiendo durante varios minutos, despacio, mientras disfrutaba del paisaje que iba viendo a través de sus gafas de buzo. Después arrancaba las ramas rojas, las que tenían el grosor más adecuado, y, con la carga bien amarrada, ayudado por la cuerda de la que tiraba su padre, iniciaba el ascenso hacia la luz, tan distante y alejada desde allí abajo.
Pero Ridwan, en aquellos relatos de sus viajes al fondo del océano, me hablaba también, con el miedo de quien ya ha conocido sus efectos, de la descompresión, del peligro que siempre acecha a los buzos de esa enfermedad traicionera que él ya había sentido en los huesos de sus articulaciones, e incluso de su devastador efecto letal en ocasiones. Ellos ya sabían que esa situación se podía producir, conocían más casos de buscadores de coral que morían al emerger. Por eso siempre tenían muy presentes aquellas tablas que les habían proporcionado los militares de un buque de guerra, y las profundidades y los tiempos de las paradas antes de emerger, para que su cuerpo y su sangre se adaptaran de nuevo a la presión atmosférica.
En las últimas conversaciones que mantuvimos sobre la búsqueda del coral, me hablaba con preocupación de la escasez que habían empezado a notar en las zonas de recogida tradicionales, y me decía que ya tenía que descender más de los treinta metros, donde sabían que el riesgo aumentaba. Era el límite que tenían establecido, más allá crecían excesivamente la presión, la oscuridad y el miedo.
Pero, a pesar de los riesgos y temores que compartía conmigo, aquel trabajo le gustaba. Se había acostumbrado al mundo submarino, a los espacios del silencio, de la soledad y el peligro, donde sólo se sentía unido al mundo y a la vida exterior por el frágil cordón umbilical de una cuerda. Y me decía que en realidad era muy afortunado, porque podía disfrutar de unos parajes a los que muy pocos tenían acceso. Eran aquellos paisajes marinos repletos de plantas siempre en movimiento y de peces de colores, aquel mundo silencioso donde la vida fluye, delirante a veces, y siempre extraña y ajena a las geografías del aire.
Un domingo me quedé esperándolo en el paseo marítimo. Cuando me acerqué a su casa, enseguida me di cuenta de que allí, además del olor a pobreza húmeda, un aroma triste y denso, como emergido de las profundidades negras del océano, también impregnaba aquella casa blanca, y las miradas turbias de los familiares que estaban junto a la puerta, y los gritos desgarrados de su madre. Cuando me acerqué, sólo me miraron, y en el turbión de las lágrimas, vi el mar, sus olas y sus abismos.
Luego me senté en el puerto, y mirando hacia el horizonte de agua, mientras acariciaba el corazón de coral que colgaba en mi pecho, lo imaginé entre las ramas del bosque rojo que él ya habitaba.
Francisco de Paz Tante.
(Ridwan y los bosques de coral también están en mi novela Los Versos de Arabí)

HOJAS MUERTAS



Ayer, mientras veía cómo ardía la leña en la lumbre, me acordé de Melecio y Decelia. Fueron los primeros que retraté en el apeadero, antes de que iniciaran su viaje definitivo a la ciudad. «Es por los hijos. Para que no tengan que andar arrastrados por el campo y siempre pendientes del cielo», me explicó Melecio, cuando cogimos el camino del apeadero, aún blanco de escarcha a esas horas de la mañana, con Decelia y los gemelos, que apenas sabían andar, y empujando una carreta llena de maletas. «Cuando nos instalemos, te escribiremos, para que sepas de nosotros», me dijo Melecio cuando los retraté, y yo me quedé pensando que cómo me iban a escribir, si ninguno de los dos sabía.

HUMO Y PIEL



Para Sumaiya, que ejerce en el prostíbulo más grande de Bangladesh, la vida ya sólo es humo y piel. Pero, cuando cierra los ojos, se torna en cielo y sueños. Cielo alto, crecido, limpio. Y sueños de película, de la única que ha visto en los últimos años, una tarde en el cine de la ciudad, con Robert Redford, maduro, seductor, bajo el cielo de África. Luego, cuando abre los ojos, sólo ve de nuevo la realidad del humo y de la piel, en el prostíbulo siempre turbio por el humo del tabaco, y con los olores que expelen todas las demás pieles y todas las miserias que allí anidan y proliferan. Y tendrá que ejercer de nuevo, al menos otras diez veces, como cada día. Es lo obligado. Para evitar los castigos, y el hambre. Sólo tiene dieciséis años, pero ya sabe que ése es su yugo y su destino: el humo y la piel. Su piel vendida para el disfrute de otras pieles, tersas o arrugadas. Con alientos ácidos a veces, salivas viscosas y repulsivas. Manos ásperas, ganzúas en su intimidad aún de adolescente, desgarros que siguen doliendo. 
Su piel no es suya, ni sus piernas, ni sus brazos, ni su sexo. Toda ella está en venta cada día, de continuo. Para cualquier hombre, joven o viejo, rico o pobre. Es barata. Pertenece al prostíbulo. Nació en él, sin que su madre supiera quién la engendró. Aquella madre también prostituta pobre, apenas conocida, enseguida arrasada por las infecciones, la miseria y la desgana por la vida. 

 Pero, cuando cierra los ojos, Sumaiya piensa en Robert Redford, maduro, curtido por la sabana, bajo un cielo crecido, en una película americana titulada Memorias de África, que vieron sus compañeras y ella, muy vigiladas, una tarde de domingo. Por eso, en los descansos, fuma y sueña con aquel actor, y fantasea que algún día quizás entre al prostíbulo algún hombre parecido, y se enamorará y se irá con él, para sentir cada día la brisa tibia de su aliento en una sonrisa abierta para ella, y un abrazo con ternura, y unas palabras de cariño, y un beso de buenas noches. 

Luego, cuando abre la mirada a su realidad, siente otra vez el humo en los ojos, y unas manos, otras manos, en su piel de sólo dieciséis años, ya tan hollada, penetrada por mil pieles extrañas, ajenas, brutales, en infinitos apareamientos ciegos, con la misma frialdad y desolación que ella ya siente en las entrañas, en su juventud aún recién estrenada, ya tan gastada. 

Pero en un descanso volverá a cerrar los ojos, para ver mejor a Robert Redford, al atardecer, seductor, bajo un cielo alto, limpio, muy azul; mientras oye la música, melancólica, emocionante, de la banda sonora de Memorias de África, y sueña con lo que nunca tendrá: la brisa tibia del aliento en una sonrisa amable abierta para ella, un abrazo con ternura, unas palabras de cariño, un beso de buenas noches. 
Francisco de Paz Tante
Fotografía de Sandra Hoyn

AURORA TRENZABA ESPARTO


Aurora trenzaba el esparto que sujetaba en su regazo, de uno en uno, como trenzaba los días y las soledades en la soga de su vida. Pensaba en Jacinto, mientras hacía la pleita, y sentía, de nuevo, la intuición de que su recuerdo, al final, sólo sería una contumaz nostalgia durante el resto de su vida. 
Ya habían llegado las cartas a las familias de Damián, Melquiades y Anselmo, en las que se les decía que, con valor, sus hijos habían dado la vida por la patria; aunque los padres, cuando el alguacil les leyó aquellas misivas oficiales, lo único que escucharon fue que ya sólo les quedaba el luto, negro, largo y denso, por los hijos muertos, de los que ni siquiera tendrían una sepultura en el camposanto donde murmurarles algún rezo, porque se quedaron allí, en un pudridero africano. 
 “Esa guerra es una carnicería. Los que tengan posibles, que procuren librar a los hijos. Porque los llevan como reses al matadero”, había escuchado Aurora explicar un día a Aurelio, que leía periódicos y presumía de estar al tanto de lo que acontecía en el mundo. Pero la familia de Jacinto no tenía posibles. Eran esparteros, como ella, y las sogas, esteras y espuertas no daban para pagar el dinero que costaba la libranza de aquel matadero del que hablaba Aurelio, al que se habían llevado a Jacinto, junto a Damián, Melquiades y Anselmo, porque salieron mal en el sorteo de quintos, y les tocó hacer la mili en África, en Marruecos. 
Y ella entonces intuía la contumaz nostalgia que le auguraban las noticias de aquella guerra a la que se habían llevado a su novio. Y se acordaba de la última vez que Jacinto le midió la sonrisa con sus labios, y le cerró los párpados a besos, y sintió sus manos indagando en la piel estremecida y en su intimidad preservada para él; mientras trenzaba esparto, como trenzaba los días en la soga de su vida. Aún tan joven, y ya tan vieja en sufrimientos y soledades intuidas.
Francisco de Paz Tante
(Fotografía: Dr. Cerdá y Rico)




CON LA HOZ Y LA ZOCA


Hoy, día de los trabajadores, quiero acordarme de ellos. Aunque ya son historia, y olvido, yo quiero recordarlos, doblados sobre los trigales, con la hoz y la zoca –para proteger la mano izquierda cerrada sobre los tallos -, con el sombrero de paja que olía a un sudor antiguo, de antes, como de vieja estirpe adaptada al fragor de la intemperie. 
Yo los conocí, y sus sudores, y sus olores, aún permanecen, indelebles, en la memoria. Sus olores viejos, ancestrales; y los del botijo y el gazpacho, que aliviaban la sed y el cansancio; y el de las mulas que tiraban del carro, y luego del pedernal en la era, con su aroma a polvo de trilla, venteado al atardecer, cuando ellos ya guardaban la hoz y la zoca, y trataban de levantarse, de erguir sus columnas vertebrales, ya dobladas, curvadas con tantas siegas, bajo tantos soles. 
En el verano era la siega, y las fatigas en las vegas y en las huertas; y en invierno la varea de los olivos, y el arrastre y la carga de las mantas, las espuertas y los sacos rebosantes de aceitunas. Entonces prevalecían los aromas de la lumbre en el olivar, de las aceitunas machacadas en los caminos bajo las ruedas de los carros, y el olor intenso del aceite virgen que extraían en los días y las noches con el trajín incesante de las ruedas del molino. 
 Y, durante todo el año, estaban los demás afanes del campo y de la tierra, dependiendo de las estaciones, de sus aires y sus lluvias. 
A veces no había jornal, y ellos tenían que ir a la plaza, o a la taberna, a buscarlo. Entonces volvía el miedo a la necesidad y al hambre de los hijos, ya inoculado en sus memorias, aún vigente en aquellos años. Como también lo estaban el silencio y la resignación acallada, durante aquella interminable posguerra. Hasta que la modernidad los relegó a la trastienda de la historia, y diluyó su recuerdo junto al de aquel mundo rural con el que estaban enraizados. 
Por eso hoy, en el día de los trabajadores, quiero recordarlos. Porque están en mis genes y en mi memoria. Y porque sigo empeñado en preservarlos del olvido. 


Francisco de Paz Tante

LA LLUVIA DE ANTES


La lluvia, al fin, que raya, oblicua, el aire turbio, y moja la memoria; que me huele a campos de la infancia, a katiuskas de niño recién estrenadas, a pelo húmedo bajo un paraguas ofrecido al salir del instituto, con roces de manos y de caderas: incipientes estremecimientos del deseo bajo la lluvia tibia de la adolescencia. 
La lluvia ahora, de nuevo, que agrisa la luz y me muestra la vida en blanco y negro, los retratos ya amarillos, las nostalgias viejas, los amores pretéritos, los sueños gastados. 
Dejo el refugio de la casa y el cristal, y me asomo al cielo gris, a mojarme con la lluvia de antes, para sentir, con más intensidad, la emulsión del agua sobre los retratos de mi memoria vieja, donde aún está aquella imagen de un paraguas ofrecido al salir de clase, y la del roce de unas manos y de una falda mojada, mientras caminaba, estremecido, bajo aquella lluvia, ya tan lejana, de la adolescencia. 

EN AQUEL OTOÑO INFINITO

Cuando veo las casas abandonadas, invadidas por la ruina, la lluvia y el olvido, recuerdo aquel día en que subimos a buscarte, padre, en el silencio de un otoño infinito.  
En las calles vacías, enseguida percibimos un impreciso olor a tristeza húmeda. Al principio, una lluvia fina mojaba el silencio, que parecía más espeso junto a las paredes que aún permanecían erguidas, allí donde ya había fermentado la soledad y proliferaban las ortigas; pero enseguida escampó, y entonces salió un sol amarillo que iluminó con su luz mortecina las piedras de las casas deshabitadas, por donde se asomaron algunas lagartijas que se quedaron muy quietas, como sorprendidas de nuestra presencia en aquel lugar. 
Según caminaba, pisando el empedrado ya florido de jaramagos y ortigas, iba observando las casas reventadas que aún persistían en su empeño por mantenerse en pie, resistiendo todavía los embates de la ruina, con su fragor de podredumbre y carcomas. 
    Quise entonces imaginarte recorriendo el pueblo por última vez, asomándote a las puertas y ventanas reventadas, ya bordadas de musgos y telarañas, mientras sentías la memoria herida de tus vecinos ausentes, algunos muertos, otros viviendo en la ciudad, donde se marcharon buscando un futuro que allí ya había caducado. Para que sus hijos no estuvieran, como habían estado ellos, siempre pendientes del cielo y de la intemperie, arrastrados por el campo, ateridos en invierno y abrasados bajo el sol de agosto.
Quizás, incluso, en alguna ocasión, en el delirio de la soledad, llamarías a las puertas desvencijadas de las casas vacías, a los fantasmas que ya sólo habitaban en tu memoria vieja: a tus amigos y vecinos de antes. Aunque tus voces sólo serían respondidas por negros aleteos que, batiendo el aire podrido, enseguida escaparían por cualquier boquete abierto en las paredes resquebrajadas.
Pero, a pesar de todo, quisiste resistir, y te negaste a abandonar tus paisajes, tus geografías emocionales. Ése era tu lugar en el mundo, y allí querías quedarte para preservarlo con vida. Como había hecho tu padre, y el padre de tu padre. Y de donde yo deserté. Por eso, en la que había sido mi casa, cuando tú ya no estuvieras, sabía que algún día sólo encontraría escombros y malvas, pájaros y bichos. 
Persistente y tozudo, mantuviste hasta el final tu negativa a abandonar el pueblo. Para no dejar a los muertos solos en el cementerio, me dijiste un día.
Sería al atardecer cuando te diste cuenta de que se te apagaba la luz y la vida. Era el final del crepúsculo. Te acostaste entonces, y te arrimaste el transistor, para aliviar, con el calor de aquellas únicas voces ajenas, el frío de la soledad.
Por eso, al entrar en tu alcoba, pudimos comprobar cómo el olor de la muerte se entreveraba en el aire con las noticias que informaban sobre el palpitar de la vida: las voces de la radio que alteraban el silencio ya definitivamente instalado en el pueblo.
Luego vimos que tenías entre las manos la caja de cartón donde guardabas los retratos de quienes nos fuimos marchando. La habías abierto, y las fotografías estaban revueltas, como si las hubieras revisado, repasado, tal vez incluso acariciado, antes de morirte solo, en aquel otoño infinito.
Francisco de Paz Tante