sábado, 6 de mayo de 2017

AURORA TRENZABA ESPARTO


Aurora trenzaba el esparto que sujetaba en su regazo, de uno en uno, como trenzaba los días y las soledades en la soga de su vida. Pensaba en Jacinto, mientras hacía la pleita, y sentía, de nuevo, la intuición de que su recuerdo, al final, sólo sería una contumaz nostalgia durante el resto de su vida. 
Ya habían llegado las cartas a las familias de Damián, Melquiades y Anselmo, en las que se les decía que, con valor, sus hijos habían dado la vida por la patria; aunque los padres, cuando el alguacil les leyó aquellas misivas oficiales, lo único que escucharon fue que ya sólo les quedaba el luto, negro, largo y denso, por los hijos muertos, de los que ni siquiera tendrían una sepultura en el camposanto donde murmurarles algún rezo, porque se quedaron allí, en un pudridero africano. 
 “Esa guerra es una carnicería. Los que tengan posibles, que procuren librar a los hijos. Porque los llevan como reses al matadero”, había escuchado Aurora explicar un día a Aurelio, que leía periódicos y presumía de estar al tanto de lo que acontecía en el mundo. Pero la familia de Jacinto no tenía posibles. Eran esparteros, como ella, y las sogas, esteras y espuertas no daban para pagar el dinero que costaba la libranza de aquel matadero del que hablaba Aurelio, al que se habían llevado a Jacinto, junto a Damián, Melquiades y Anselmo, porque salieron mal en el sorteo de quintos, y les tocó hacer la mili en África, en Marruecos. 
Y ella entonces intuía la contumaz nostalgia que le auguraban las noticias de aquella guerra a la que se habían llevado a su novio. Y se acordaba de la última vez que Jacinto le midió la sonrisa con sus labios, y le cerró los párpados a besos, y sintió sus manos indagando en la piel estremecida y en su intimidad preservada para él; mientras trenzaba esparto, como trenzaba los días en la soga de su vida. Aún tan joven, y ya tan vieja en sufrimientos y soledades intuidas.
Francisco de Paz Tante
(Fotografía: Dr. Cerdá y Rico)




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