LA CANCIÓN DE CADA UNO, BAJO EL CIELO ARCOÍRIS


Fueron los miedos y la desolación que sentí, como una niebla fría y densa, cuando sufrí la ablación, los dolores que me provocó la amputación de mi sexo, los que me dejaron siempre anegada de una tristeza infinita. Antes, tampoco había sido una niña alegre ni comunicativa. Siempre estaba callada, refugiada en mi mundo, que yo sentía ajeno, distinto al de las otras niñas, a sus gustos y sus sueños. Por eso me decías que nunca me habías oído reír. Y cuando sonreía, sólo lo hacía con los ojos, siempre callada, con un gesto mudo, sin el ruido de la risa. 

BRISA DE SIRENA

Emerges del mar que alberga mi mirada, en su azul húmedo, abisal, insondable; en mis ojos ciegos, que te ven, bruñida por el sol y la arena, con una luz de atardecer, ya oxidada en el horizonte, donde confluyen el cielo y el agua.
Aunque son muchos los que se acercan a mí cuando recorro el paseo marítimo con mi bastón blanco y mis cupones de ciego, a ti te reconozco enseguida, por tu aroma a mar, a sal, a pelo húmedo. Sólo son unos segundos en los que percibo el soplo de la brisa de tu aliento, de tus palabras y de tu sonrisa abierta a la tarde tibia, mientras me das la moneda y siento el roce de tu piel, de tu mano, como la breve caricia de una ola que lame la playa.
Algún día te hablaré, para decirte que te asomes al mar de mis ojos ciegos, de donde surges cada tarde, cuando percibo tu aroma salobre, tu brisa de sirena recién emergida.

Francisco de Paz Tante

VIAJES CRECIDOS

Por las tardes, me estremecen las caricias de su mirada, el hálito de su sonrisa tan próxima y su olor a ella. En las mañanas percibo su aroma más húmedo y excitante, en silencio, muy arrimados. Luego, al final del viaje, caminamos juntos hacia la puerta de salida, y allí nos decimos adiós. 
 Algunas tardes, cuando nos reencontramos, si estamos solos, para prolongar el viaje, yo pulso el botón del final, mientras siento la brisa de su sonrisa y los efluvios del deseo. Luego descendemos al tercero, en el que vivimos, ella en el A y yo en el C, donde volvemos a la aridez de nuestra vida cotidiana y real; ella junto a un marido empeñado en remover las cenizas de una pasión pretérita, ya arrasada por la rutina y el cansancio que provocan los baldíos intentos de reinventar los sueños gastados; y yo junto a una mujer infiel, harta de vivir entre los escombros del desamor. Los dos permanecen ajenos a nuestros breves viajes verticales, crecidos, en los que rebrotan las emociones de la seducción y de nuevas ilusiones, como recién estrenadas.

Francisco de Paz Tante 



EL ARROYO



 Ella escucha el rumor del agua, el sonido de la ropa mojada, golpeada, sobre la restregadera, y el roce del jabón duro en la madera rugosa; y luego el chapoteo, el aclarado sobre el cauce rápido en ese tramo; con las manos agrietadas, endurecidas, devastadas por el escoplo de la intemperie, de las escarchas invernales en los olivares, y bajo las brasas del verano, espigando. Las manos mojadas, acorchadas, en el arroyo durante todo el año, con las que golpea la ropa, y el agua. 
Y, cuando oye los roces del cauce, se acuerda de él, de su risa y de sus carreras por la orilla, detrás del barco de juncos que ella misma le hacía, para que se entretuviera, mientras lavaba. 
Ahora, entre la ropa, ya no están sus pantalones, ni su camisita blanca. Sólo tenía una, que le planchaba los domingos, muy temprano, para que fuera con ella a misa. Porque, aunque ellos nunca iban, sabía que el maestro pasaba lista, y no quería que él fuera señalado. Por eso lo mandaba a la iglesia los domingos, bien arreglado, y limpio como los chorros del oro, decía. 
Se lo llevaron las fiebres, las de entonces, las de aquella posguerra. Dijeron que brotaron de una zona pantanosa de más arriba, donde el arroyo se estanca y el agua a veces se pudre. Pero ella sabía que en aquella infección estaban también la miseria y los piojos, el hambre y el miedo, anidando en las fiebres que mataron al hijo. 
Y ella ahora se acuerda de su camisita blanca de los domingos, mientras golpea el agua, con la ropa y los ojos de luto; ese luto que la viste y la invade, ya para siempre, mientras lava, a manotazos contra el arroyo, con rabia.

Francisco de Paz Tante
Foto: Dr. Cerdá y Rico. 

HUMO Y PIEL



Para Sumaiya, que ejerce en el prostíbulo más grande de Bangladesh, la vida ya sólo es humo y piel. Pero, cuando cierra los ojos, se torna en cielo y sueños. Cielo alto, crecido, limpio. Y sueños de película, de la única que ha visto en los últimos años, una tarde en el cine de la ciudad, con Robert Redford, maduro, seductor, bajo el cielo de África. Luego, cuando abre los ojos, sólo ve de nuevo la realidad del humo y de la piel, en el prostíbulo siempre turbio por el humo del tabaco, y con los olores que expelen todas las demás pieles y todas las miserias que allí anidan y proliferan. Y tendrá que ejercer de nuevo, al menos otras diez veces, como cada día. Es lo obligado. Para evitar los castigos, y el hambre. Sólo tiene dieciséis años, pero ya sabe que ése es su yugo y su destino: el humo y la piel. Su piel vendida para el disfrute de otras pieles, tersas o arrugadas. Con alientos ácidos a veces, salivas viscosas y repulsivas. Manos ásperas, ganzúas en su intimidad aún de adolescente, desgarros que siguen doliendo. 
Su piel no es suya, ni sus piernas, ni sus brazos, ni su sexo. Toda ella está en venta cada día, de continuo. Para cualquier hombre, joven o viejo, rico o pobre. Es barata. Pertenece al prostíbulo. Nació en él, sin que su madre supiera quién la engendró. Aquella madre también prostituta pobre, apenas conocida, enseguida arrasada por las infecciones, la miseria y la desgana por la vida. 

 Pero, cuando cierra los ojos, Sumaiya piensa en Robert Redford, maduro, curtido por la sabana, bajo un cielo crecido, en una película americana titulada Memorias de África, que vieron sus compañeras y ella, muy vigiladas, una tarde de domingo. Por eso, en los descansos, fuma y sueña con aquel actor, y fantasea que algún día quizás entre al prostíbulo algún hombre parecido, y se enamorará y se irá con él, para sentir cada día la brisa tibia de su aliento en una sonrisa abierta para ella, y un abrazo con ternura, y unas palabras de cariño, y un beso de buenas noches. 

Luego, cuando abre la mirada a su realidad, siente otra vez el humo en los ojos, y unas manos, otras manos, en su piel de sólo dieciséis años, ya tan hollada, penetrada por mil pieles extrañas, ajenas, brutales, en infinitos apareamientos ciegos, con la misma frialdad y desolación que ella ya siente en las entrañas, en su juventud aún recién estrenada, ya tan gastada. 
Pero en un descanso volverá a cerrar los ojos, para ver mejor a Robert Redford, al atardecer, seductor, bajo un cielo alto, limpio, muy azul; mientras oye la música, melancólica, emocionante, de la banda sonora de Memorias de África, y sueña con lo que nunca tendrá: la brisa tibia del aliento en una sonrisa amable abierta para ella, un abrazo con ternura, unas palabras de cariño, un beso de buenas noches. 
Francisco de Paz Tante
Fotografía de Sandra Hoyn

AURORA TRENZABA ESPARTO


Aurora trenzaba el esparto que sujetaba en su regazo, de uno en uno, como trenzaba los días y las soledades en la soga de su vida. Pensaba en Jacinto, mientras hacía la pleita, y sentía, de nuevo, la intuición de que su recuerdo, al final, sólo sería una contumaz nostalgia durante el resto de su vida. 
Ya habían llegado las cartas a las familias de Damián, Melquiades y Anselmo, en las que se les decía que, con valor, sus hijos habían dado la vida por la patria; aunque los padres, cuando el alguacil les leyó aquellas misivas oficiales, lo único que escucharon fue que ya sólo les quedaba el luto, negro, largo y denso, por los hijos muertos, de los que ni siquiera tendrían una sepultura en el camposanto donde murmurarles algún rezo, porque se quedaron allí, en un pudridero africano. 
 “Esa guerra es una carnicería. Los que tengan posibles, que procuren librar a los hijos. Porque los llevan como reses al matadero”, había escuchado Aurora explicar un día a Aurelio, que leía periódicos y presumía de estar al tanto de lo que acontecía en el mundo. Pero la familia de Jacinto no tenía posibles. Eran esparteros, como ella, y las sogas, esteras y espuertas no daban para pagar el dinero que costaba la libranza de aquel matadero del que hablaba Aurelio, al que se habían llevado a Jacinto, junto a Damián, Melquiades y Anselmo, porque salieron mal en el sorteo de quintos, y les tocó hacer la mili en África, en Marruecos. 
Y ella entonces intuía la contumaz nostalgia que le auguraban las noticias de aquella guerra a la que se habían llevado a su novio. Y se acordaba de la última vez que Jacinto le midió la sonrisa con sus labios, y le cerró los párpados a besos, y sintió sus manos indagando en la piel estremecida y en su intimidad preservada para él; mientras trenzaba esparto, como trenzaba los días en la soga de su vida. Aún tan joven, y ya tan vieja en sufrimientos y soledades intuidas.
Francisco de Paz Tante
(Fotografía: Dr. Cerdá y Rico)



CON LA HOZ Y LA ZOCA


Hoy, día de los trabajadores, quiero acordarme de ellos. Aunque ya son historia, y olvido, yo quiero recordarlos, doblados sobre los trigales, con la hoz y la zoca –para proteger la mano izquierda cerrada sobre los tallos -, con el sombrero de paja que olía a un sudor antiguo, de antes, como de vieja estirpe adaptada al fragor de la intemperie. 
Yo los conocí, y sus sudores, y sus olores, aún permanecen, indelebles, en la memoria. Sus olores viejos, ancestrales; y los del botijo y el gazpacho, que aliviaban la sed y el cansancio; y el de las mulas que tiraban del carro, y luego del pedernal en la era, con su aroma a polvo de trilla, venteado al atardecer, cuando ellos ya guardaban la hoz y la zoca, y trataban de levantarse, de erguir sus columnas vertebrales, ya dobladas, curvadas con tantas siegas, bajo tantos soles. 
En el verano era la siega, y las fatigas en las vegas y en las huertas; y en invierno la varea de los olivos, y el arrastre y la carga de las mantas, las espuertas y los sacos rebosantes de aceitunas. Entonces prevalecían los aromas de la lumbre en el olivar, de las aceitunas machacadas en los caminos bajo las ruedas de los carros, y el olor intenso del aceite virgen que extraían en los días y las noches con el trajín incesante de las ruedas del molino. 
 Y, durante todo el año, estaban los demás afanes del campo y de la tierra, dependiendo de las estaciones, de sus aires y sus lluvias. 
A veces no había jornal, y ellos tenían que ir a la plaza, o a la taberna, a buscarlo. Entonces volvía el miedo a la necesidad y al hambre de los hijos, ya inoculado en sus memorias, aún vigente en aquellos años. Como también lo estaban el silencio y la resignación acallada, durante aquella interminable posguerra. Hasta que la modernidad los relegó a la trastienda de la historia, y diluyó su recuerdo junto al de aquel mundo rural con el que estaban enraizados. 
Por eso hoy, en el día de los trabajadores, quiero recordarlos. Porque están en mis genes y en mi memoria. Y porque sigo empeñado en preservarlos del olvido. 


Francisco de Paz Tante

LA LLUVIA DE ANTES


La lluvia, al fin, que raya, oblicua, el aire turbio, y moja la memoria; que me huele a campos de la infancia, a katiuskas de niño recién estrenadas, a pelo húmedo bajo un paraguas ofrecido al salir del instituto, con roces de manos y de caderas: incipientes estremecimientos del deseo bajo la lluvia tibia de la adolescencia. 
La lluvia ahora, de nuevo, que agrisa la luz y me muestra la vida en blanco y negro, los retratos ya amarillos, las nostalgias viejas, los amores pretéritos, los sueños gastados. 
Dejo el refugio de la casa y el cristal, y me asomo al cielo gris, a mojarme con la lluvia de antes, para sentir, con más intensidad, la emulsión del agua sobre los retratos de mi memoria vieja, donde aún está aquella imagen de un paraguas ofrecido al salir de clase, y la del roce de unas manos y de una falda mojada, mientras caminaba, estremecido, bajo aquella lluvia, ya tan lejana, de la adolescencia. 

EN AQUEL OTOÑO INFINITO

Cuando veo las casas abandonadas, invadidas por la ruina, la lluvia y el olvido, recuerdo aquel día en que subimos a buscarte, padre, en el silencio de un otoño infinito.  
En las calles vacías, enseguida percibimos un impreciso olor a tristeza húmeda. Al principio, una lluvia fina mojaba el silencio, que parecía más espeso junto a las paredes que aún permanecían erguidas, allí donde ya había fermentado la soledad y proliferaban las ortigas; pero enseguida escampó, y entonces salió un sol amarillo que iluminó con su luz mortecina las piedras de las casas deshabitadas, por donde se asomaron algunas lagartijas que se quedaron muy quietas, como sorprendidas de nuestra presencia en aquel lugar. 
Según caminaba, pisando el empedrado ya florido de jaramagos y ortigas, iba observando las casas reventadas que aún persistían en su empeño por mantenerse en pie, resistiendo todavía los embates de la ruina, con su fragor de podredumbre y carcomas. 
    Quise entonces imaginarte recorriendo el pueblo por última vez, asomándote a las puertas y ventanas reventadas, ya bordadas de musgos y telarañas, mientras sentías la memoria herida de tus vecinos ausentes, algunos muertos, otros viviendo en la ciudad, donde se marcharon buscando un futuro que allí ya había caducado. Para que sus hijos no estuvieran, como habían estado ellos, siempre pendientes del cielo y de la intemperie, arrastrados por el campo, ateridos en invierno y abrasados bajo el sol de agosto.
Quizás, incluso, en alguna ocasión, en el delirio de la soledad, llamarías a las puertas desvencijadas de las casas vacías, a los fantasmas que ya sólo habitaban en tu memoria vieja: a tus amigos y vecinos de antes. Aunque tus voces sólo serían respondidas por negros aleteos que, batiendo el aire podrido, enseguida escaparían por cualquier boquete abierto en las paredes resquebrajadas.
Pero, a pesar de todo, quisiste resistir, y te negaste a abandonar tus paisajes, tus geografías emocionales. Ése era tu lugar en el mundo, y allí querías quedarte para preservarlo con vida. Como había hecho tu padre, y el padre de tu padre. Y de donde yo deserté. Por eso, en la que había sido mi casa, cuando tú ya no estuvieras, sabía que algún día sólo encontraría escombros y malvas, pájaros y bichos. 
Persistente y tozudo, mantuviste hasta el final tu negativa a abandonar el pueblo. Para no dejar a los muertos solos en el cementerio, me dijiste un día.
Sería al atardecer cuando te diste cuenta de que se te apagaba la luz y la vida. Era el final del crepúsculo. Te acostaste entonces, y te arrimaste el transistor, para aliviar, con el calor de aquellas únicas voces ajenas, el frío de la soledad.
Por eso, al entrar en tu alcoba, pudimos comprobar cómo el olor de la muerte se entreveraba en el aire con las noticias que informaban sobre el palpitar de la vida: las voces de la radio que alteraban el silencio ya definitivamente instalado en el pueblo.
Luego vimos que tenías entre las manos la caja de cartón donde guardabas los retratos de quienes nos fuimos marchando. La habías abierto, y las fotografías estaban revueltas, como si las hubieras revisado, repasado, tal vez incluso acariciado, antes de morirte solo, en aquel otoño infinito.
Francisco de Paz Tante



LOS LIBROS CRECIDOS


MANIFIESTO DEL DÍA DEL LIBRO EN CASTILLA-LA MANCHA (2016)
Francisco de Paz Tante
En este día del libro, cuando rememoramos de nuevo las muertes, las vidas y las obras de Cervantes y Shakespeare, quiero recordar, otra vez, la necesidad, siempre vigente, de los libros crecidos, que son los libros leídos, los que se expanden en la memoria de los lectores, de quienes nos sumergimos en sus páginas, mientras ellos se alojan en nosotros, nos ocupan y proliferan por la imaginación y los sueños.

DONDE LA NOCHE SE ADENSA


En estas noches de rituales fúnebres y emociones ancestrales, mostradas, con sobriedad castellana, por sus calles, nos gusta pasear por la ciudad vieja, y recorrer las calles más penumbrosas, deshabitadas, apenas transitadas, donde nunca llegan las recuas de turistas ni sus trajines gregarios, para adentrarnos, otra vez, en un paisaje urbano tan real, y tan onírico, como las geografías literarias que me empeño en describir. 
Y mientras buscamos penumbras, texturas en la pátina vieja de la ciudad, olores y rumores seculares, caminamos por los senderos del silencio, cuando la noche se adensa en las estrechuras de las calles vacías y en los edificios ya ajados por los siglos y el olvido. Son lugares apenas habitados, donde encuentran cobijo algunos desheredados, orillados de la vida y de la luz, sombras que a veces surgen en la noche crecida de los callejones, cobertizos y adarves; ocupas de casas resquebrajadas, habitantes de sótanos umbríos, de refugios agrietados donde ya han fermentado la soledad y el abandono. Sombras mimetizadas en el paisaje de la herrumbre y la carcoma. Miradas de humedad y bermellón que aún resisten a la devastación incesante que las acecha.

Y en este paseo por el corazón del laberinto urbano, cuando sentimos cómo el silencio y la noche reverberan en las calles más recónditas y vacías, a veces sentimos el estremecimiento que nos provocan todas las presencias y las sombras que palpitan en esta ciudad mágica y vieja. 
 Francisco de Paz Tante 

MÚSICA DE CINE


Fue en los años de mi infancia cuando me convencí de que las bandas sonoras que escuchaba en el cine de mi pueblo se podían sacar de las películas para ponérselas a las vidas de la gente que yo conocía. 

Por eso, cuando murió mi abuelo, que había sufrido encarcelamientos y persecuciones, mientras recordaba su vida, me empeñé en tocar con la guitarra la música de "Papillón", la estremecedora melodía que Jerry Goldsmith había escrito para aquella película de cárcel y confinamiento tan bella y desoladora. 

MARGARITAS EN EL PELO

“El cuento o la vida: hoy más que nunca la escuela está bajo el signo fatal de Sherezade” (El cuento o la vida: Luis Landero)

En mi memoria, el recuerdo de aquella escuela de doña Úrsula aún supura una cierta tristeza húmeda, entreverada con la magia que irradiaban los relatos de la maestra sobre las hadas del agua.

BALADA

Señora marquesa:
Quiero empezar el cuento de mi vida diciéndole que a mí me echaron al mundo con la guerra recién encendida, cuando ya andaban por estos pueblos matándose unos a otros como alimañas. Y, entre los que murieron en aquellos días de tanta sangre, estaba mi padre. Por eso mi madre se tuvo que echar a la calle durante los años que vinieron después, cuando el hambre acechaba, y en las casas de los pobres no había más conversación ni pensamiento que el de la comida o el de su ausencia. Ella se dedicó entonces a pedir a las vecinas, o en otras casas donde había sobras y ganas de compartirlas. Buscaba también peladuras de naranjas o de patatas. Y, por las noches, andaba junto a las huertas y los corrales, a ver si conseguía un puñado de algarrobas o un repollo. De ahí su apodo: la Antona. Porque decían que andaba por el pueblo como ese cerdo suelto que iba de casa en casa para que lo alimentaran entre todos, según la tradición, en honor de San Antón.  

ELLA ESCRIBÍA NOVELAS DE AMOR


Ya nos habíamos acostumbrado a encontrarnos, a sentirnos parte del paisaje, del río, del bosque, siempre callados, siguiéndonos con la vista, estremecidos a veces con los brillos húmedos de las miradas. 

EL REGALO


Algunas noches siente su presencia al borde de la cama. Otra vez. Como antes. Y siente de nuevo el roce de su mano, su caricia en el pelo, algún beso. A veces le cuenta cómo fue el gol que metió en el último partido, al que lo acompañó mamá, porque a él no le tocaba, no era su sábado alterno. Luego, al despertar, persiste la realidad de la separación, de su ausencia, en la casa y en su vida. 

Esta noche también ha sentido, otra vez, el cobijo de su mano, su mano grande, mientras caminan y le cuenta, de nuevo, cómo fue el último gol del sábado alterno en que él no estaba. En la mesilla está el regalo que tiene preparado para el día del padre: un dibujo con su sueño. 
Francisco de Paz Tante

CAZADOR DE HADAS

          
En aquella escuela, que, en la memoria, aún huele a madera de pupitre, a leche fría de recreos y a cáscaras de almendras ardiendo en la estufa durante los inviernos, Marcial sólo aprendió a dibujar su firma y a balbucear las letras.
Cuando el frío se adentraba por las ventanas desvencijadas, el maestro pedía un voluntario para que llenara un cubo de cáscaras y lo echara a la estufa. Y Marcial enseguida levantaba, muy tieso, el dedo.

ESE SILENCIO

Llámalo tú, Gregorio. Hazme el favor de llamarlo al móvil otra vez, que no responde, y están diciendo por la radio que se han producido unas explosiones en varios trenes. Aunque a estas horas son muchos los que circulan, y no tiene por qué haber sido precisamente en el que iba él. Mucha casualidad sería ésa, ¿verdad, Gregorio?

EL PARQUE

Desde que llegó a la ciudad, todos los días acude al parque, que para él es también campo y bosque. Porque necesita sentir la textura de la tierra, y del barro cuando llueve, o el frío y la escarcha goteando desde las ramas desnudas de enero. También, cuando estalla la primavera, se arrima a las acacias rebosantes de savia nueva y de pájaros. 

De ese modo recupera las imágenes y los recuerdos del pueblo, inalterados en su memoria desde que tuvo que emigrar a la ciudad, a compartir la pensión con su hijo, su nuera y sus nietos.

GALGOS


Te los puedes encontrar estos días por los caminos, por las carreteras o por los campos. Vagabundos, desnortados, asustados. Ya no corren, sólo caminan, despacio. Quizás te miren, y entonces podrás ver cómo vierten por sus ojos una desolación infinita. Luego seguirán andando, hacia ningún sitio. Por el día y por la noche, entre la negrura que supura un cielo frío y crecido, aún de invierno. 

ROPA TENDIDA


El escarmiento, una vez más, sería contundente y despiadado. Las órdenes estaban dadas, y el avión ya volaba hacia el edificio donde se habían pertrechado los autores del atentado. 

El general, desde el centro de mando, al observar en la pantalla la imagen ampliada del objetivo, detuvo la mirada en la ropa tendida que brillaba al sol en aquella azotea. Entre ella, había camisitas blancas y pantalones pequeños, de niño. Luego los misiles enseguida rompieron la imagen con su estallido de fuego, y el general ya sólo vio humo y escombros. Cuando le informó al ministro, no pudo evitar las lágrimas, mientras le decía que, esta vez, los daños colaterales habían sido pequeños.
Francisco de Paz Tante

LA CIUDAD DE CORAL


La tarde en que nos retrataron en el paseo marítimo, nos habíamos dado los primeros besos, en el refugio de la playa solitaria, al otro lado del río, por donde crecían las dunas y las posibilidades de sentirnos solos y alejados. Unos besos que volverían a repetirse durante aquellos días finales de mi vida en Larache. Besos miedosos, al principio, temblorosos y estremecidos, salobres, impregnados por las brisas del Atlántico.

                                             ***

EN SU CABALLITO DE OLAS


El niño llegó. Al final, llegó a la playa, con sus ojos de agua abiertos a la luz fría del amanecer. Su madre, no. Según contó un superviviente, ella se hundió, y se quedó enredada entre las algas y los corales, en las geografías, sumergidas, del mar. Pero el niño, pequeño, liviano, flotó sobre las olas, empujadas por las brisas del sur y el aliento de África. Y llegó a su destino, a una playa de Cádiz, al amanecer. Por eso lo envolví enseguida en la manta amarilla, para protegerlo del frío de la madrugada. Luego apareció el juez, el forense, más policías y la ambulancia, que se lo llevó, silenciosa. Y, cuando me quedé solo, fijo en las olas que habían traído al niño, lloré. De pena y rabia.

Y ahora, todos los domingos llevo flores a un nicho sin nombre, sólo con la inscripción de un número y una fecha, en la que arribó a la playa el niño que lo habita, en su caballito de olas, navegando hacia su destino, empeñado en llegar a donde decía su madre, viuda de una guerra incesante, que había libertad y comida. Y llegó con sus ojos repletos de agua, muy abiertos a la luz fría del amanecer.

Francisco de Paz Tante 

EN ESTE ANOCHECER FINAL


Cuando nos conocimos, enseguida nos atrapó el deseo, como el imán de una fuerza de gravedad.  Y luego, al penetrar en la desnudez del alma, nos brotó el rebrinco de una emoción más profunda y completa, que recordaba cuando leí aquel libro crepuscular de García Márquez, Memoria de mis putas tristes, en que una mujer le decía al viejo que no se podía morir sin haber probado la maravilla del sexo con amor.

BANDA SONORA

La brisa fría provocaba temblores y lluvia de hojarasca sobre el sendero ya ocultado, sólo intuido bajo las hojas muertas. Algunas le caían encima, otras volaban hasta el río. Sintió entonces esa melancolía blanda, vieja y contumaz, tan conocida, tan reiterada. Eran imágenes difusas, las que ahora evocaba, y aromas a su perfume, a sexo, a ella. Fragancias de su existencia, texturas de sus caricias, de su piel y de su pelo, de sus primeros abrazos estremecidos en aquella ribera. Y memoria de tantas noches respirando su aliento, de los amaneceres enfebrecidos con la urgencia del deseo. Ésos eran los recuerdos que le avivaban las brisas del atardecer y su lluvia de hojas muertas, en aquel mismo lugar donde, en otro tiempo ya amarillo, se habían amado bajo los fresnos, mientras oían a Bruce Springsteen en el radiocasete que siempre les acompañaba en aquellas excursiones al río, abrazados con ternura y emoción, sobre todo cuando escuchaban Point Blank, como si fuera la banda sonora de su propia vida, una premonición de lo que sucedería después, de lo que le esperaba a ella en las esquinas del porvenir, ya escrito en aquella canción, en aquella historia triste de una vida rota: “Yo tenía que haber sido tu Romeo, y tú mi Julieta. Pero todas las promesas se acabaron, a quemarropa”.  

Leyendo a Francisco de Paz (artículo de María Antonia Ricas, en ARTES&LETRAS, ABC)


La poesía seduce, asombra, indigna o invita a mirar el mundo de manera diferente. A veces consuela en la soledad, en la pérdida. Esto ocurre en la novela «Los versos de Arabí», escrita por Francisco de Paz Tante, merecedora del XII Premio de Novela Corta de la Diputación de Córdoba y publicada en 2013. Uno de los personajes, magistralmente dibujado, memoriza y recita versos de Ibn Arabí –el místico sufí, poeta, filósofo y viajero, de origen murciano y fallecido en Damasco en 1240– durante los momentos de horror que vive intensamente en una guerra cruel, aunque… ¿qué guerra no es cruel?

LA BIBLIOTECA AMBULANTE


Durante aquellos años transitaba con la biblioteca rodante por unos pueblos ya despojados de gente y de futuro, ahora abandonados bajo la hojarasca de un otoño definitivo.
  Y de quien más me acuerdo, cuando rememoro mis viajes con la biblioteca nómada, por aquella geografía de la desolación, es de un viejo que siempre me esperaba sentado junto a la caseta de la parada del autobús, ya en desuso y podrida.

UN RICTUS DE TRISTEZA ENCENDIDO DE CARMÍN


A ella le gusta pasear por las plazas y calles de la ciudad vieja, mientras vierte por la mirada la pena fósil y el descreimiento que ya le provoca la vida en estos años de la edad tardía. Son los mismos sitios por donde empezó a mostrarse en los albores de su juventud. Entonces llevaba minifalda y tacones, y un escote de vértigo que arrimaba con descaro y lujuria a quienes quisieran tratar con ella. Todavía ahora, ya con el rostro ajado por la mala vida, los ojos turbios de rímel y un rictus de tristeza encendido de carmín, acepta dinero, o invitaciones a tabaco rubio y a vino blanco, a cambio de las caricias que brotan de sus manos adiestradas en el gozo crecido y derramado del deseo.

CIGÜEÑAS

Hoy, día de San Blas, evoco aquellas cigüeñas de mi infancia, y de mi literatura:
Y ahora me veo otra vez con los ojos asombrados de un niño, mirando la torre de la iglesia, hacia el nido que siempre estuvo allí, en lo más alto. Miro porque ya han llegado las cigüeñas, y pronto empezarán a crotorar y a inundar con sus ruidos de castañuelas esos días en los que ya se intuye la primavera en los campos.

POCERO


Sigue levantándose temprano, y lo primero que hace es asomarse a la ventana, “a ver qué hace el día”, dice, después de toda una vida trabajando a la intemperie, pendiente del cielo y sus mudanzas.